jueves, 10 de junio de 2010
Desde tiempos remotos, el beso ha sido la forma privilegiada de expresión del amor. Sus orígenes se remontan a épocas inmemoriales, y se supone que sus primeras manifestaciones provinieron del cuidado materno hacia la prole. Fue recién hacia el siglo VI cuando la sociedad aceptó el beso entre los adultos como símbolo de afecto. Francia tomó la iniciativa e introdujo la costumbre en el cortejo amoroso y en los bailes de salón, al punto tal de que se sellaba con un beso toda aceptación de danzar. El beso siguió su itinerario a través de Europa para detenerse en Rusia, donde fue incorporado formalmente a la ceremonia matrimonial. Sin embargo, y tal como ocurre actualmente, el beso también ha sido una manifestación de respeto. Por ejemplo, en la Roma de los Césares, besarse en la boca o sobre los párpados era un modo solemne de reconocimiento de la dignidad del otro, incluso entre varones excelsos. Los emperadores romanos juzgaban la importancia de una persona según el lugar que escogían para besarlo. A mayor dignidad besaban sus labios, luego sus manos, y finalmente... sus pies.
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